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El artista

 

Florencio -llamado de Arboiro en honor a su tierra natal- aprendió el oficio de escultor de su abuelo, y desde entonces lo ha utilizado como vehículo de expresión de sus preocupaciones y vivencias personales. Su interés por los viejos oficios artesanos, que tematiza en algunas de sus obras, no es un mero fruto de añoranzas. Son obras actuales que se yergen frente a un mundo urbano ante el cual se levantan como testimonios de un contraste, de un mundo que es ya otro con respecto al nues­tro. Nos acota así nuestro ritmo frente al suyo, lo que obtenemos frente a lo que perdemos, nuestra memoria frente a nuestros deseos y, con todo ello, nos permite definir y comprender mejor lo que somos lo que fuimos, delimitando nuestra imagen contra el fondo de su pasado,restaurando nuestra identidad al ampliar el hueco perdido de recuerdo que tenemos que llenar al responder a la pregunta que sus obras nos formulan. El mismo proceso de la escultura que personalmente funde en su taller -siguiendo paso a paso con sus manos todo el camino en el que se gesta- es un buen símbolo de lo que con su arte consigue: abrirnos la posibilidad de lle­nar un hueco.

En series como las dedicadas a las “mei­gas”, a los locos o a las plantas, su obra no solo es de un vigor expresivo rotundo y poético, de gran fuerza, mostrándonos su temperamento plástico, sino que es índice, además del rigor y seriedad de su trabajo. Un trabajo en el que Arboiro se aúna y funde con la naturaleza y la cul­tura. Arboiro penetra con igual hondura el alma de las cosas y el alma de su pueblo. Para lle­gar a construirla Arboiro recorre los bosques, los ríos, los montes y los pantanos, buscando materiales nobles, pulidos por los años conversando con el agua, con el fuego y con el viento. Observa y charla con los paisanos, pega el oído de sus ojos a la tierra y a las gentes para apren­der el modo como ellos ven su mundo y entender así la presencia invisible que, como un des­tello, nace al abrigo de un sonido en el remolino que el viento levanta aupando en un vuelo las hojas que cayeron, apresando el sentido de un gesto de vecinos, entre dos silencios que se cru­zan y resumen la historia de dos casas, la avidez del poder y la noticia, transformando en ake­larre la política que es ajena a su pueblo, apresando en expresiva forma de “meiga”, de trasgo, de vuelo, de llama, de aire y movimiento, de espíritu invisible, de alma suya entera, el sentido de una escena, su instante verdadero.